Desde hace ya casi tres lustros, Slater Bradley ha llevado a cabo una obra única y singular en la que el artista ha investigado su propia biografía y, a través de ella, la de toda la generación a la que pertenece. Mediante los recursos del doble y su sombra por un lado, y el de la dolorosa fantasía del ídolo juvenil por otro, ha venido realizando un cuerpo de trabajo que bascula entre los géneros del vídeo y la fotografía.

Su trayectoria podría encuadrarse en la teoría sobre el sujeto, los condicionantes de los patrones y sus posibilidades performativas, que sigue fascinando a muchos artistas jóvenes abducidos por desentrañar la identidad de los de su propio tiempo. Pero mientras tantos otros centran su obra en la destrucción crítica de gestos y actitudes de héroes juveniles, Slater Bradley cimenta su trabajo en el memento mori, en el recuerda que morirás.

De hecho, todos sus héroes han muerto jóvenes. Kurt Cobain, Ian Cartis o Michel Jackson son encarnados por Benjamin Brock, a quien Bradley conociera en una discoteca de Nueva York en 1999 cuando contaba con sólo 24 años, y convirtiera en su doppelgänger —término que utilizó por primera vez el romántico Jean Paul para referirse a la imagen fastamagónica de «el que camina al lado», nuestro yo oscuro, y que al que Strindber vió como augurio de muerte—.

El juego de espejos que se establece entre el artista Bradley, el doble Brock y los ídolos de la cultura juvenil retratados examina, según sus palabras, «los efectos psicológicos de la idolatría, el mimetismo y el inconsciente colectivo en la formación de la identidad adolescente de una generación específica: mi generación».


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