La relevancia de la obra de Helena Almeida estriba en la imposibilidad de inscribir los rasgos formales de su peculiar lenguaje artístico dentro de fronteras disciplinarias y etiquetas clasificatorias definitivas. Y si bien es cierto que la artista portuguesa se expresa principalmente a través de la modalidad fotográfica —de gran formato y austero blanco y negro— y de una sofisticada economía de elementos compositivos, en realidad, el disparo fotográfico —a cargo de su marido Artur Rosa— constituye el acto final de un proceso de trabajo largo y riguroso, que utiliza un gran número de dibujos, esquemas o grabaciones en vídeo previos.

De hecho, su aproximación a la obra de arte está profundamente marcada por una concepción plástica compleja, que nace del deseo íntimo de expresarse en un orden «espacial», esto es, una necesidad de superar los límites del cuadro. Fotografía, Pintura, Dibujo y Performance se unen dentro del campo unificado de la auto-representación, donde el cuerpo de Almeida se convierte en el instrumento con el que intervenir, comunicar y crear espacio, espacio pictórico y arquitectónico, en un sentido fenomenológico.

A tal propósito, cabe recordar sus inicios trabajando como aprendiz en el taller de su padre —el escultor portugués Leopoldo Neves de Almeida—, y que su prefacio expositivo se produjo en el ámbito de la pintura bajo la influencia determinante de Lucio Fontana y sus conceptos espaciales. Asimismo, muchas de las obras realizadas por Almeida a lo largo de las últimas cuatro décadas revelan una profunda sensibilidad por el simbolismo del color, que se hace evidente a través de la introducción de esenciales intervenciones pictóricas, siempre en neto contraste con el blanco y negro de base de la fotografía.
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