La genialidad de Karin Sander estriba en tener ideas muy sencillas que conducen a resultados singulares. O que al menos parecen sencillas, porque su plasmación es a veces un proceso de años y gran complejidad técnica. Pero el resultado es siempre una especie de máquina de los prodigios empeñada en no dejar desocupado al observador.

 

Del arte de Karin Sander se podría decir: “¿Y esto…?”. Gran parte del mismo puede describirse con media frase, pero tan pronto como se plasma y se contempla con ese asombro –esa es la expresión– faltan palabras para describirlo.

 

En la Villa Massimo de Roma, Karin Sander clavó verduras en las paredes. ¿Y esto…? Sí, maldita sea, esa sería la pregunta, lo que una vez más pretendía desencadenar dentro de nuestras cabezas. Y como es una perfeccionista de la ejecución, las lechugas y berenjenas, la coliflor, los pomelos y los pimientos colgaban unos junto a otros en perfecta hilera, una especie de friso vegetal, sonriendo dulcemente sobre todos los frisos y cenefas que le han precedido en la historia del arte, los de la Antigüedad, los eclesiásticos, los modernistas.

 

Por si fuera poco, las verduras parecían intactas, incorruptas. Por detrás debían de esconder un clavo hincado no se sabe dónde, pero ni rastro del mismo. Incidía sobre ellas una luz esplendorosa, y al entrar en la sala el desconcierto duraba minutos: ¿no sería todo de plástico, hecho en esas fábricas que producen sushi de mil colores como caramelos de exposición? ¿O era todo auténtico de pura cepa, de una luminosidad nuclear, con verdes de infarto, rojos chillones y amarillos limonísimos imposibles de encontrar en la naturaleza? Toda esa verdura, ¿no empezaría de pronto a proliferar en la pared? ¿Un bosque de la Bella Durmiente hecho de verduras del mercado? ¿Acabarían tragándose la sala y a sus visitantes?

 

Al ser clavada en la pared, la sensible y oronda granada había derramado una lágrima sanguinolenta que resbalaba por la blanca pared abajo. Y el colinabo extendía sus brotes y hojas en todas direcciones con la espontaneidad de una frívola bailarina. Solo los mejores escultores logran extraer una expresión tan dramática como la de ese colinabo. A esas verduras auténticas, la artista las llama astutamente kitchen pieces, piezas de cocina que, correctamente expuestas, adoptan de inmediato un aire de arte pop. Dan la impresión de que hubieran brotado de la pared y de que fueran a echarse a cantar de un momento a otro. Karin Sander es verdaderamente una bruja buena que con unas pocas intervenciones transgresoras convierte lo más cotidiano en algo tan artístico que obliga a nuestro pensamiento y a nuestra mirada a reaccionar sin remedio.

 

EVA MENASSE
Karin Sander. The Head Lettuce, 2012-2016

Kitchen Pieces

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